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Ejercicios Espirituales

Ejercicios Espirituales

'Ejercicios espirituales' fue un conjunto de reglas escritas por Ignacio Loyola, el fundador de los jesuitas. Los jesuitas fueron vistos como un componente importante de la Contrarreforma. Se esperaba que todos aquellos que se entrenaron para convertirse en jesuitas siguieran los "Ejercicios espirituales" al pie de la letra y la obediencia a Loyola como General del movimiento también era una expectativa. El 'Ejercicio espiritual' se inició en 1522 y la versión final se completó en 1548.

Primera regla: Dejando a un lado todo juicio, debemos tener nuestra mente lista y pronta para obedecer, en general, a la verdadera esposa de Chris nuestro Señor, que es nuestra jerárquica de la Santa Madre la Iglesia.

Segunda regla: Alabar la confesión a un sacerdote y la recepción del Santísimo Sacramento del Altar una vez al año, y mucho más cada mes, y mucho mejor de una semana a otra, con las condiciones requeridas y debidas.

Tercera regla: Alabar la audiencia de la misa a menudo, así como himnos, salmos y largas oraciones, dentro y fuera de la iglesia; asimismo, las horas establecidas a la hora fijada para cada oficio divino y para toda oración y todas las horas canónicas.

Cuarta regla: Alabar muchas órdenes religiosas, virginidad y continencia, y no tanto el matrimonio como ninguno de estos.

Quinta regla: Alabar los votos de religión, de obediencia, de pobreza, de castidad y de perfecciones de supererogación. Y debe notarse que, dado que el voto se refiere a las cosas que se aproximan a la perfección evangélica, no se debe hacer un voto en las cosas que se retiran de él, como ser un comerciante o estar casado, etc.

Sexta Regla: Alabar las reliquias de los santos, darles veneración y rezar a los santos; y para alabar estaciones, peregrinaciones, indulgencias, indultos, cruzadas y velas encendidas en las iglesias.

Séptima Regla: Alabar las constituciones sobre ayunos y abstinencia, a partir de la Cuaresma, los días de ascuas, las vigilias, los viernes y los sábados; asimismo penitencias, no solo interiores, sino también exteriores.

Octava regla: alabar los ornamentos y edificios de las iglesias; asimismo imágenes, y venerarlas según lo que representan.

Novena Regla: Finalmente, alabar todos los preceptos de la Iglesia, manteniendo la mente pronta para encontrar razones en su defensa y de ninguna manera en contra de ellos.

Décima Regla: Deberíamos ser más rápidos para encontrar el bien y alabar, así como las Constituciones y recomendaciones como las formas de nuestros Superiores. Porque, aunque algunos no lo sean o no lo hayan sido, hablar en contra de ellos, ya sea predicando en público sobre el discurso ante la gente común, preferiría dar lugar a la búsqueda de fallas, el escándalo y las ganancias; y entonces la gente se enfurecería contra sus superiores, ya sea temporal o espiritual. De modo que, como hace daño hablar mal a la gente común de los Superiores en su ausencia, puede ser beneficioso hablar de los malos caminos a las personas mismas que pueden remediarlos.

Undécima regla: Elogiar el aprendizaje positivo y escolar. Porque, como es más apropiado para los médicos positivos, como San Jerónimo, San Agustín y San Gregorio, etc., mover el corazón para amar y servir a Dios nuestro Señor en todo; entonces es más apropiado para los escolásticos como Santo Tomás, San Buenaventura, y para el maestro de las oraciones, etc., definir o explicar para nuestros tiempos las cosas necesarias para la salvación eterna; y para combatir y explicar mejor todos los errores y todas las falacias. Para los médicos escolásticos, como son más modernos, no solo se ayudan a sí mismos con la verdadera comprensión de la Sagrada Escritura y de los doctores positivos y santos, sino que, al estar iluminados y aclarados por la virtud Divina, se ayudan a sí mismos por los consejos, cánones y constituciones de nuestra Santa Madre la Iglesia.

Duodécima regla: Debemos estar en guardia al hacer una comparación de aquellos de nosotros que estamos vivos con los benditos fallecidos, porque el error se comete no poco en esto; es decir, al decir, éste sabe más que San Agustín; él es otro, o mayor que, San Francisco; Él es otro San Pablo en bondad, santidad, etc.

Decimotercera regla: para tener razón en todo, siempre debemos sostener que el blanco que veo, es negro si la Iglesia jerárquica así lo decide, creyendo que entre Cristo nuestro Señor, el novio y la Iglesia, su novia, hay El mismo espíritu, que nos gobierna y dirige para la salvación de nuestras almas. Porque por el mismo espíritu y nuestro Señor que dio los Diez Mandamientos, nuestra santa madre la Iglesia es dirigida y gobernada.

Decimocuarta regla: aunque hay mucha verdad en la afirmación de que nadie puede salvarse a sí mismo sin ser predestinado y sin tener fe y gracia; debemos ser muy cautelosos en la forma de hablar y comunicarnos con los demás acerca de todas estas cosas.

Decimoquinta regla: no deberíamos, por costumbre, hablar mucho de predestinación; pero si de alguna manera y en algunas ocasiones uno habla, déjelo hablar para que la gente común no cometa ningún error, y a veces sucede, diciendo: Si ya tengo que ser salvado o condenado ya está determinado, y ninguna otra cosa puede ahora sea por mi bien o mal; y con esto, cada vez más perezosos, se vuelven negligentes en las obras que conducen a la salvación y al beneficio espiritual de sus almas.

Decimosexta regla: de la misma manera, debemos estar en guardia de que al hablar mucho y con mucha insistencia de fe, sin distinción ni explicación, no se le dé a la gente la oportunidad de ser perezoso y perezoso en las obras, ya sea antes de que la fe sea formado en caridad o después.

Decimoséptima Regla: Del mismo modo, no deberíamos hablar tanto con insistencia en la gracia como para poner en peligro el veneno de descartar la libertad. Para que de la fe y la gracia se pueda hablar tanto como sea posible con la ayuda Divina para la mayor alabanza de Su Divina Majestad, pero no de esa manera, ni de esa manera, especialmente en nuestros tiempos tan peligrosos, que funcionan y el libre albedrío. recibir algún daño, o ser retenido por nada.

Decimoctava regla: Aunque servir a Dios nuestro Señor por puro amor debe ser estimado sobre todo; Deberíamos alabar mucho el temor de Su Divina Majestad, porque no solo el miedo filial es algo piadoso y santísimo, sino que incluso el miedo servil, cuando el hombre no alcanza nada mejor o más útil, ayuda mucho a salir del pecado mortal. Y cuando él está fuera, fácilmente llega al miedo filial, que es todo aceptable y agradecido a Dios nuestro Señor; como ser uno con el Amor Divino.

Ver el vídeo: EJERCICIOS ESPIRITUALES DE SAN IGNACIO DE LOYOLA (Noviembre 2020).